Sistema educativo y capital humano

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Fa uns dies em va arribar l’informe Sistema educativo y capital humano (2009), que ha editat el Consejo Económico y Social [moltes gràcies per l’enviament]. S’analitzen a l’obra totes les etapes educatives, obligatòries o no, inclosa la universitat, amb comparacions entre comunitats autònomes i països. El llibre en general és interessant, potser amb idees una pèl reduccinistes, però funciona bé en quan a recull d’informació. El que no tinc gens clar és la relació implicita que s’estableix entre educació, productivitat i ingresos econòmics…

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1 Comentari

  1. Los ángeles colegiales:

    Ninguno comprendíamos el secreto nocturno de las pizarras
    ni por qué la esfera armilar se exaltaba sola, cuando tan la mirábamos.
    Sólo sabíamos que una circunferencia no puede ser redonda
    y que un eclipse de luna equivoca a las flores
    y adelanta el reloj de los pájaros.

    Ninguno comprendíamos nada:
    ni por qué nuestros dedos eran de tinta china
    y la tarde cerraba compases para al alba abrir libros.
    Sólo sabíamos que una recta, si quiere, puede ser curva o quebrada
    y que las estrellas errantes son niños que ignoran la aritmética.

    Rafael Alberti.

    El profesor:

    Se ha visto al docto profesor que no entiende
    hablar largamente de lo que no entiende.
    Y se le ha visto sonreír con la elegancia de la marioneta
    mientras movía cadenciosamente sus brazos.
    El bello discurso, la paloma ligeramente pronunciada,
    el acento picudo dejado caer concienzudamente un poquito más allá de la vocal,
    el dibujo de la martingala, el fresco vapor desprendido de cada uno de sus ademanes,
    todo, todo conjugaba decididamente con su sonrisa.
    Porque el docto profesor que no entiende
    sonríe cordialmente por las mañanas,
    golpea a la tarde con gozo sobre los omoplatos,
    y por la noche, vestido con sus más delicadas jerarquías,
    sabe decir con finura: “Oh, no, todos somos iguales”.

    Igual la paloma que el cántaro, el necio que el sabihondo,
    el simpático que el asesinado,
    el sabio que el agasajado con todo dolor,
    el yo y el tú,
    y sobre todo igual, igual el refrescado profesor de ignorancia
    que el pedantículo inconfundible que esculpe o escupe concienzudamente todos sus sinsaberes.

    Oh, miradle en lo sumo.
    Él flota y sonríe.
    Él adiestra y sondea.
    Él opone su duro caparazón lo mismo para las ideas que para los sentimientos.
    Pero, oh, él es duro, el durísimo, el riguroso, el conocedor y el erguido.

    Y cuando su dedo índice os amenaza,
    cuando esgrime como el polo remoto de su majestad el trueno,
    el mar se embravece,
    recorre un crujido los cimientos de los edificios,
    la literatura abre sus grandes alas de paloma derruida,
    y el profesor se adelanta.

    Todo está a punto: el cataclismo entre sus dedos se exhibe.
    El profesor lo señala:
    “He aquí el viaje de lo que va a suceder.
    Aquí está la desembocadura.
    He aquí sus meandros, los arroyelos; aquí afluentes, y cauces.
    Aquí la patata sembrada, el olivo, la cebolla o la rosa”.
    Y su dedo lo va estimulando.
    “Todo está ya compuesto. He aquí el ramo de mi cataclismo.
    He aquí el ramo perfecto.
    Yo os lo ofrezco, señores, como la perfecta manifestación de mí mismo.
    He aquí el ramo dichoso en mi mano para vuestra ilustración y disfrute”.

    Y su mano alarga un sobre vacío.

    Y todos desfilan. “Oh, el profesor, el profesor.
    Cómo se le nota sobre todo su rubia guedeja,
    sus coruscantes, sus vertiginosos ojos azules,
    y cómo le brilla antes que nada su deslumbradora sonrisa
    entre unos labios de humo”.

    Vicente Aleixandre.

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